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Desde que sé que existes…


… todo es diferente (el mundo, mi vida e incluso yo).
… como más que antes y soy incapaz de dormir una noche entera del tirón.
… lloro el doble y sonrío el triple.
… también sé que te quiero y que moriría y mataría por ti.
… soy infinitamente más feliz que antes pero, a la vez, todo me da muchísimo más miedo.
... Él y Ella desaparecen y dejan de importar, dando paso al nosotros y al TÚ.
… no ha habido una décima de segundo en la que haya estado o me haya sentido sola.
… he dejado de fumar (y visitado más médicos que en toda mi vida).
… realmente he empezado a mirarme el ombligo y a que lo único importante que de mi refleje el espejo sea la tripa.
… me he vuelto incluso más dependiente de tu padre de lo que lo era antes.
… he aprendido a contar en semanas y días (y los segundos se me alargan cada día más).
… mis prioridades han cambiado (también mis miedos, mis guerras, mis preocupaciones y mis pequeñas grandes batallas).
… estoy dispuesta a renunciar al azul celeste por el rosa (si así tú lo dictas).
… adoro que tu padre se dirija a mí en segunda persona del plural.
… no he dejado de hablar de ti pero, a la vez, me ha entrado un extraño bloqueo a la hora de escribir sobre ti (hasta ahora. Parece ser…).
… también sé que tú eres y serás siempre lo mejor que yo vaya a hacer en la vida.

Y es que… desde que sé que existes, lo único importante eres tú y yo no soy más que la cajita (o mejor dicho el cofre) dentro del cual está el mayor de los tesoros (ese que tu padre ha jurado proteger con su vida, igual que yo…).

El Duende del Jardín de los Dulces


-¡Despierta dormilona! –dijo de pronto una voz-.

Ariadna abrió los ojos lentamente, se incorporó y se dio cuenta de que estaba sentada sobre hierba y que a su alrededor había un montón de flores. Tras bostezar pensó que, mientras jugaba, se habría quedado dormida sin darse cuenta en el jardín de la señora Amapola, su vecina.

-¿Ya te has despertado? –dijo de nuevo aquella voz-.

La pequeña miró a su alrededor y tras no ver a nadie, preguntó:

-¿Es usted, señora Amapola?

-¡De ningún modo podría ser una señora y mucho menos una amapola! –dijo un pequeño hombrecillo que, dando un salto, se colocó justo delante de la niña- Mi nombre es Elliot y soy el Duende del Jardín de los Dulces. Encantado de conocerte Ariadna…

-¿Un duende?, ¿Ariadna?, ¿Cómo es que sabes mi nombre?

-¿Por quién me tomas pequeña humana? Sé tu nombre, sé que tienes tres años y también sé que te encantan las galletas de chocolate y que no soportas el agrio sabor de esos caramelos de limón que tanto le gustan a tu hermano Erick, que tiene seis años y el pelo más rizado de lo que yo jamás me podría haber imaginado. Como tú, tiene el flequillo como un cepillo y casi más pecas que las muñecas…

-¿Conoces a Erick?

-¡Por supuesto! Yo conozco a todos los niños y a todas las niñas… Pero dime, ¿he acertado?, ¿son las galletas de chocolate tu dulce preferido?

-Sin lugar a dudas… -respondió Ariadna-.

Y tras decir esas cuatro palabras, en el centro del jardín apareció un árbol enorme. Lo primero en aparecer fue un robusto tronco al que siguieron centenares de ramas, a continuación vinieron las hojas y por último, decenas y decenas de galletas de chocolate.

-Vamos coge una, no seas tímida… -le dijo Elliot a la niña-.

Ariadna siguió el consejo del pequeño duende y cogió una galleta de la única rama a la que, poniéndose de puntillas, alcanzaba. Tras darle varios mordiscos pensó que aquella era la galleta más rica que había comido jamás…

-¡Arriba dormilón, arriba dormilona! –volvió a escuchar Ariadna-.

En esta ocasión, la niña identificó inmediatamente la voz de su madre y tras abrir los ojos supo que estaba en su dormitorio y que todo aquello no había sido más que un sueño. Y lo habría sido de no ser por aquellas migajas de galleta de chocolate que había sobre su almohada.

Ariadna corrió a la habitación de su hermano para contarle que había estado en el Jardín de los Dulces, que había conocido a Elliot y que éste le había dado una galleta, pero Erick ni siquiera le dejó terminar de hablar. Le interrumpió diciendo que estaba muy feo contar mentiras y la echó fuera para, acto seguido, cerrar la puerta.
La niña no entendía nada. ¿Cómo era posible que Erick no conociera a Elliot si él si lo conocía a él? ¿Acaso no era capaz de recordarlo una vez que se despertaba?

La noche siguiente la niña volvió a viajar al Jardín de los Dulces y tras preguntarle al duende qué era lo que pasaba con su hermano, Elliot le respondió lo siguiente:

-Aquí únicamente basta con creer, pequeña, y Erick no cree…

Y así, noche tras noche, la niña continuó yendo al jardín, hablando con el duende y comiendo sus galletas favoritas. Pero una noche, el duende no notó la niña tan alegre como de costumbre y tras preguntarle lo que le ocurría, supo de qué se trataba…

-Estoy triste porque Erick no pueda pedirle su dulce favorito al Gran Árbol –dijo la niña-. Me gustaría poder cambiar y pedirle que en lugar de galletas me diese esos caramelos de limón que tanto le gustan a mi hermano para así poder llevarle uno…

-Puedes hacerlo –dijo el duende-, sólo que no sabemos qué pasará después. Es posible que puedas volver a pedirle galletas como siempre, pero también puede suceder que continúe dándote caramelos de agrio limón o, incluso, que no puedas volver a visitar el jardín.

-No me importa –dijo Ariadna-, yo quiero llevarle uno de sus caramelos favoritos a mi hermano.
A la mañana siguiente Ariadna se despertó y descubrió que bajo su almohada estaba un caramelo de limón. Dando un salto se levantó de la cama y fue hasta el dormitorio de su hermano para dárselo. Tras ver el caramelo, el niño dijo:

-¿Entonces es cierto? ¿No sólo es un sueño? ¿El jardín existe?

-¡Sí! –respondió su hermana- y también Elliot, todo es real… ¿No vas a comértelo?

-Es que… no me atrevo, nunca me he atrevido. He ido muchas veces al Jardín de los Dulces y cada vez he cogido un caramelo, pero nunca he sido capaz de quitarle el envoltorio y comérmelo. Siempre me he despertado antes de poder hacerlo…

-¿Y si has estado porqué me llamaste mentirosa cuando te lo conté?

-Porque estaba convencido de que sólo era un sueño y tenía miedo de que si lo ibas contando por ahí te llamasen loca –dijo el niño con los ojos llenos de lágrimas-.

-Sólo te lo quería decir a ti y porque Elliot me dijo que también te conocía… ¿Es que no vas a comerte el caramelo o qué? He renunciado a una galleta de chocolate por traértelo, así que espero que este sí que te lo comas…

El niño se comió el caramelo que su hermana le había traído y muchos más, ya que a partir de esa noche ambos continuaron yendo al Jardín de los Dulces para que el Gran Árbol les diese cada noche uno de sus dulces favoritos.

Y es que… gracias a su hermana pequeña, Erick por fin fue capaz de creer en que la magia está ante los ojos de quién sea capaz de creer y sepa dónde mirar…

La chica del vestido azul - Capítulo I - El paraguas


La chica del vestido azul ama la lluvia y odia los paraguas. Precisamente por eso, cada día lluvioso sale de casa sin olvidarse de coger un paraguas que poder colocar estratégicamente en algún árbol sobre el que descanse un pequeño nido.

La chica del vestido azul - Capítulo I -El paraguas


Para ver la imagen más grande, pinchar AQUÍ.

De... ¿vuelta?


Una vez escuché una frase que decía algo así como… “siempre que te vayas sin dar explicaciones, podrás volver del mismo modo”. No, en realidad jamás he oído algo ni remotamente parecido, lo que sí oí una vez fue “me iré sin que nadie me eche para así volver sin que nadie me llame”.

Aunque en realidad… la evidente ausencia de letras en este Blog en ningún momento fue algo premeditado, pero aún así, imagino que toca dar explicaciones (y no por nada, sino porque quiero): si nos remontamos a lo último que escribí, tendremos que ir atrás en tres páginas del calendario y situarnos a finales del mes de Mayo...

Los últimos días del mes de Mayo tocó celebrar y festejar victorias, triunfos, copas y tripletes; después llego el mes de Junio con sus exámenes finales (y ya seas alumno o profesora, toca hacer el último esfuerzo); tras las clases y los exámenes llegaron las vacaciones (con la correspondiente visita a las Trillizas incluida) y, a partir de ahí, pues supongo que vino algo así como una abstinencia bloguera por elección propia y para descontaminarme un poco (que lo venía necesitando).

Entre ayer y hoy he estado leyendo comentarios y e-mails (cuyo plazo de respuesta no sé si ya habrá expirado o no…) y hace unos minutos he decidido ponerme a escribir un post que, al menos, interrumpa el punto y final que se me antoja llevaba marcando el anterior, porque lo cierto es que si hay algo que no he mirado son las estadísticas, y ya no sé si queda alguien que continúe pasándose por aquí o que quiera seguir haciéndolo. Aunque eso supongo que es lo de menos, la pregunta es si yo quiero continuar escribiendo…

Por último (y en respuesta a esos e-mails y comentarios cuyo plazo de respuesta desconozco si sigue abierto), simplemente diré que es posible que esté mejor y más feliz que nunca, aunque también más asustada. Y es que yo no sabía que la felicidad daba tanto miedo, pero es ahora cuando toca ser valiente y lo estoy intentando…

T de TRI


Érase una vez que se era la historia de un grupo de hombres que, no viniendo del triásico, formaban la mejor de las tribus. Con el más joven y mejor de los tripulantes a la cabeza y sin triunfalismos ni triquiñuelas, han triturado a todo contrincante que se les ha puesto delante.
En su campo no hay trigo que pagar como tributo, pero sí asientos para poder observarles cómodamente desde la tribuna.
No son una tríada, son bastantes más. Tampoco hacen trial, pero hoy por hoy no hay quién triangule mejor que ellos, a pesar de ser los reyes del esférico y no del triángulo.
De insuperables tríceps, no gastan tricornio, jamás se esconden tras las trincheras y atacan sin tridente.
Forman, todos y cada uno de ellos, un equipo trigueño que no llevando trilita en las botas, trilla al adversario (que está que trina). Y es que… ¡no hay quién los trinque!
Lo que este año han hecho, ha sido la trilogía trifásica: primero Copa, luego Liga y después Champions.
Carentes de la tristeza del juego trivial, no viajan en trineo, sino con el TRIPLETE bajo el brazo y, de ellos, se han escrito, se escriben y se escribirán un sinfín de trípticos. Son, los triunfadores del trilítero FCB.

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